miércoles, 18 de junio de 2014

Guía práctica. Instructivo de una Demonique.


Es muy importante que no exponga durante horas prolongadas a su Demonique al sol, tampoco la someta a bajas temperaturas sin una buena chamarra –los pies: los pies siempre deben estar calientes-. No olvide que esta especie no tolera sonidos estruendosos por mucho tiempo y lo más importante: ¡NO VIOLE LA CANTIDAD PERMITIDA DE ALCOHOL QUE SU DEMONIQUE PUEDE CONSUMIR! El efecto secundario no le dejará un buen sabor de boca.

Reír: Hágame reír hasta que haga ese molesto sonido de cerdito, haga que me duela la panza y la gente volteé a verme como si ser feliz fuera falta administrativa.

Si evitar que el kraken en mi interior despierte, desea: No se interponga entre mis tres comidas del día –o más, puede variar si es que me he ejercitado-, no interrumpa mis horas de sueño, descansar es vital para toda Demonique.

Mi cerebro no está programado para entender indirectas: nos molesta que no nos diga las cosas de forma clara y explícita, en serio, no entendemos. No complazca todos mis caprichos: puede que me acostumbre y entonces sí, la cosa se pone fea.

No me diga nunca la verdad a medias por miedo a que me enojé, que si me enojo es totalmente mi responsabilidad: mi ineficacia emocional de manejar una situación que sale de mi control. No me tome de la cintura, tómeme de las manos y del rostro: míreme fijamente, hágame sentir que soy su objetivo. No lea mis cursilerías por compromiso, dígame que no, dígame que no cuando ese «no» sea su deseo.

No me deje por mucho tiempo sin escuchar música, puede que me irrite: que me saque de onda, pues. Si hago drama, active el modo: IGNORANDO, no me fume, deme por mi lado; recuerde que lo único que necesito es que me den cuerda para irme como hilo de media.

Si han pasado cuatro días desde la última vez que anduve en bici: ¡CUIDADO!, no se acerque porque seguro estoy de un humor insufrible.

Muy importante: No mastique con la boca llena cuando se encuentre cerca de mí: me hace llorar, me pone triste ver que sus padres no le enseñaron a comer correctamente, ya sabe, soy muy sentimental.


¿Ahora lo ve? Es bien fácil convivir conmigo. 

viernes, 16 de mayo de 2014

Crónica de una loca anunciada

Hablaba hace tiempo un camarada sobre esa necesidad humana de normalizar la patología, característica antiquísima que parece aferrarse cada vez más: cual pandemia social.
Los humanitos somos bien curiosos: creemos que las personas –indistintamente familia/pareja(s)/amigos- nos pertenecen, cual si al inicio de tal relación personal se hubiera dado la positiva ficta a un contrato imaginario, que aunque no se habla, ambas partes quedan obligadas perpetuamente a efectuar.

Lo he percibido en varios aspectos de mi vida: papá asume que para salir de vacaciones debemos ir todos juntos o la vida no tiene sentido, mis amigos dan por sentado que al ser su cumpleaños tengo la obligación inalienable de presentarme en lugares horrendos –llenos de gente borracha y exhibicionista- para demostrarles que los quiero; las parejas dan por hecho que hay que hacer planes juntos, salir a todas las reuniones, visitar a los familiares del otro y en pocas palabras convertirse en una extensión del ser amado ¡Horrendo! Como si se tratara de otro brazo o pierna: sin determinación propia ni acceso a la amputación. Eso: dar por hecho que las cosas deben ser de una forma: porque una vez sucedió así, con alguna otra persona funcionó y poco a poco nos vamos perdiendo a nosotros mismos.

No paro de ver imágenes en la red que describen enanos de Moria “Chaparrita, celosa, enojona y berrinchuda…” ¡Qué manera de amolarnos a las chaparritas! ¿Qué relación guarda la baja estatura con ser una histérica? “Espérenme tantito, le tengo que marcar a mi vieja” Claro, porque si no le marca se desata la Tercera Guerra Mundial y los caballos del Apocalipsis correrán desbocados directamente hacia sus testículos. No voy a mentir, en algún punto fui un Gimli -hijo de Glóin- más, dando por hecho que ese pobre e indefenso hombre a mi lado me pertenecía, nadie me lo dijo: yo lo asumí; consideraba que si me amaba tenía que soplarse a mis tías histéricas e ir a las reuniones de mis amigos, me dio la gana pensar que le tenían que interesar las mismas cosas aburridas que a mí: jugar cosas ñoñas, ver series ñoñas y convivir con mis ñoños amigos. Pero no sólo eso, aunque él tampoco me lo pidió, yo me inventé que tenía que ser recíproca y acompañarlo con sus amigos –voy a omitir la descripción porque en el fondo me caen bien- ir a todos lados con él y básicamente: atosigarlo.

Un buen día desperté y me di cuenta que estaba harta –como la mujer adulta que soy- le eché la culpa totalmente: ¡Me abrumas! Triste fue darme cuenta que la que se abrumó sola fui yo, él sólo apretaba los dientes adivinando porqué sería mi nuevo drama. Me avergoncé, es devastador darte cuenta que llevabas no sé cuánto tiempo viviendo la vida de otra persona y peor aún: contra su voluntad, como dijo Juan Carlos «Normalizando la patología».

En general –analícenlo, no se hagan tíos Lolos- vamos por la vida –o sea no todos, pero sí bastantes de nosotros- tomando decisiones por otras personas, diciéndole al ser amado cómo debe de hacer las cosas, siendo esto, un reverendo reflejo de nuestros miedos e inseguridades: Si Pepito toma una mala decisión y arruina su vida, va a lastimarme y yo para nada quiero ser lastimado. Tenemos terror de que el otro no llene nuestras expectativas, las que por cierto, tendríamos que llenar nosotros mismos. Lo anterior aplica para todos: amigos, padres y parejas.

No queremos darnos cuenta que decidir sobre el otro es atentar contra su libertad, es faltarle al respeto: considerarlo imbécil e incapaz de tomar buenas decisiones, como si sólo de nuestra cabeza pudieran emerger ideas y planes brillantes.


He aprendido mucho últimamente, a dejar de lado el control: la necesidad imperiosa de que alguien acaricie mi ego –palabras, mensajes, llamadas- Tal vez para ustedes todavía no sea demasiado tarde, no estiren tanto la liga del amor –ni la de la justicia- no dejen encendida todo el día la vela –se les va a quemar el cuarto como a Tula– o va a consumirse rápidamente; ya lo dijo George Clooney “Sip, not gulp. Remember, wine, not beer”. 

domingo, 13 de abril de 2014

¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?


Conversaba con la madre de una de mis amigas, una señora que comulga fehacientemente con la religión católica, participa  en diversos eventos filantrópicos y eclesiásticos. Hablábamos sobre una conocida cuya hija está esperando un bebé. Martha hizo una cara de sufrimiento –Pobre mujer, Dios mío- refiriéndose a la madre de la chica en cuestión, mi amiga y yo nos miramos consternadas, rápidamente Patricia le cuestionó:

 –“¿No es un bebé una bendición, mamá?-

-Sí, bueno, es una bendición pero dentro del matrimonio. Dios creó el matrimonio para la concepción, para que se formen las familias.

Ambas volvimos a mirarnos con admiración. Comenzó un debate –que obviamente no íbamos a ganar ni Patricia ni yo- citamos los cientos de personas que conocemos que se conducen por la vida con una conducta negativa y aberrante socialmente, y que por cierto, crecieron en el marco de un matrimonio Católico, Apostólico y Romano. Martita terminó por abandonar la habitación, entendió que no habríamos de aceptar su postura y en definitiva a ella tampoco le interesaba entender la nuestra.

Me quedé con muchas dudas: Si concibo a mi bebé y me caso antes de que nazca, de modo que al nacer yo ya me halle en sagrado matrimonio, ergo, ¿Mi bebé sí es una bendición?, Si estoy casada y el bebé que tengo no es de mi marido, ¿Mi bebé es una bendición?; Y si mi bebé nace muerto, ¿Qué tipo de bendición es?, Los niños huérfanos, ¿No son bendiciones? Creo que Martita no me va a querer asesorar.

Yo siempre he querido adoptar, me entusiasma la idea de poderle transmitir a una persona todas las cosas que sé; eso: la etapa que más me cautiva de la vida es la formación. Considero que tengo la posibilidad de ofrecerle a esa persona –a la que alguien más no quiso ofrecerle nada- lo que todos los seres humanos merecemos por derecho natural: amor. Los factores: familia, educación,  comprensión, estabilidad económica, son lo de menos. Conozco a mucha gente que ataca mi expectativa de criar a un humanito que no engendré –Eso déjalo para las parejas que no pueden concebir: tú estás sana- me dicen, e inevitablemente algo me hace pensar que ese tal Dios algo tuvo que ver en la tendencia de tales comentarios. Yo creo que ya mejor ni les menciono que me encantaría ver a mis hijos realizarse en lo que aman y dejarlos hacer su vida sin meter mi cuchara, las madres dan –o forman, pues- vida para que los hijos las vivan, no como una bizarra proyección de lo que uno no tuvo las gónadas de lograr.

-¿Qué te traes, Dios? ¿Cuál es tu problema con las mamás solteras, las parejas del mismo sexo y las locas como yo que queremos adoptar?-

Se dice que todos esos niños que crecen en familias –verbigracia- socialmente diferentes, van a sufrir peor que el mismo Jesús en la cruz que por cierto, no me queda claro si su nacimiento fue una bendición por el contexto que ya todos conocemos. Que si los papás son del mismo sexo: ¡Pobre criatura! Lo van a violar, le van a inyectar el virus de la homosexualidad; que si creció sin figura paterna: ¡Pobre chamaco! Le falta la figura de un hombre, cuando crezca no va a saber ni cómo ponerse un condón. Que si es adoptado: ¡Dios lo guarde! Siempre tendrá la espinita de conocer a sus verdaderos padres. ¡Cuánta marrullería!- digo yo.

La única constante importante y necesaria es la voluntad, la voluntad de darle amor a un ser que pudiste o no haber concebido por ti misma. La voluntad de compartir lo que eres y participar en la formación del criterio de otro ente ¿Existirá acaso algo más fascinante que eso? Que sus padres compartan el mismo órgano sexual, que sólo haya una persona fungiendo el cargo de padres en su vida, o que sepa que quienes más lo protegen en el mundo no comparten su genética no marca la diferencia. La diferencia estriba en que ese chico, tuvo quién se sentara con él a hacer la tarea, quién le orientara para tomar sus decisiones, quién le hablara de la libertad, del amor, del respeto; quién le dijera que se puede comer el mundo si quiere y al salir de esos labios perforé bien fuerte en su mente y como resultado: él lo crea.

Me encanta esta forma tan sublime con la que pronuncio: bebé, amor, libertad. No necesito nada más, ni la bendición de este Dios ni de ninguno, para poder compartirle a alguien la posibilidad de ser feliz por su propia voluntad.


Es todo y cuanto, amigos. Hagan equipos de tres, comenten, discutan y saquen sus propias conclusiones. 

jueves, 3 de abril de 2014

¿Bailamos o qué?

Todavía me acuerdo de ti. Ya sé que te he visitado con el bajo pretexto de pasar al baño, perdóname, ya sabes que soy una cínica y tú ahora “estás” en ese lugar por el que paso todos los días.

A veces me dan ganas de bailar y me acuerdo de ti, de cómo te avergonzaba que tomara de más, de los corajes cuando olvidaba la identificación y nos quedábamos afuera por mi culpa. ¿Te habías dado cuenta que sólo cuando estaba contigo fumaba? ¿No? Yo tampoco. Me cuesta mucho decir la palabra cuando se trata de ti, pero, ¡Pinche muerte! La mayoría del tiempo prefiero pensar que te enojaste porque no me dejaron salir y me estás ignorando hasta que yo te llame, cosa que no va a pasar porque tu teléfono ya está suspendido y todos los comentarios que me habías puesto en facebook ya no salen más.

Siempre amé nuestra complicidad, las cosas que sé y que nunca dijiste, mis comentarios imprudentes seguidos de tu ceño fruncido por el retrovisor. Ya sé que el último año no hablamos mucho, estábamos muy ocupados con el trabajo y las parejas. Vi el último mensaje que me mandaste, pero estaba atolondrada y no te quise responder, no me estoy disculpando, sólo te estoy diciendo la verdad: no quise y ya.

Tengo algunas cosas tuyas de las que no me quiero deshacer, no me interesa si es sano o enfermo, ya sabes que soy de almacenar olores y ese antifaz aún tiene tu loción –no me encanta, pero, qué le vamos a hacer: así olías-

La verdad es que no me he acomodado para bailar con nadie más, creo que tú sabías perfecto como guiarme y me quitabas por instantes esta condenada arritmia. No sé Jorge, dime algo, dime si eres feliz, si también te acuerdas de mí. Ya sé que estoy haciendo mucho drama por algo que es bien natural, como cuando te llamaba a deshoras para que me llevaras a algún lado y me hicieras bailar hasta olvidarme de todas las patanadas que me hacía ese cabrón. Me duele saber que ya no vas a venir por mí, que no me vas a citar en un lugar horrible y oscuro, que no me vas a mandar un mensaje privado para felicitarme por mi cumpleaños porque te da pena que los demás vean que me quieres.

Ya sé que estás muerto y que eso no va a cambiar por más que llore toda la noche y mañana me presente a dar clases con los ojos hinchados. Ya sé que no me vas a contestar, que estás bien y que otra vez soy una egoísta desesperada, que la que está insufrible soy yo, que la que no entiende ni hace nada por entender está detrás de este monitor.


Sólo te extraño. 

Eres un espíritu libre -Me dijo.


Estaba leyendo  ese poema que me encanta de Bukowski, sentí el candor en el pecho que dice mamá es un reflejo de todas las emociones que cargo y no dejo salir. Interpreto de muchas formas el suicidio del que Charles hablaba; creo que hoy es uno de esos días en los que necesito suicidarme.

Me gusta releer lo que escribo, para recordar lo que estaba sintiendo, por quién lo estaba sintiendo y me doy cuenta que hay nombres de los que ya ni siquiera me acuerdo. Ni una sola de esas letras han sido mías, son de aquel que me miraba: intranquila, enamorada, loca, desesperada, cabreada;  de aquel que me miraba y creía estar en amor mientras desfilaba en mi pupila, después sucedía la magia y lo plasmaba en un papel. Era una forma presuntuosa de hacer una lista de los hombres que de mí se habían enamorado, nadie sospecharía de esa larga pila de versos.

No sé si he estado enamorada mil veces o ninguna. Siempre espero grandes cosas del amor y la verdad es que no yo no sé distinguir entre el amor y las ganas de ir al baño, no sé distinguir entre nada de nada –ni siquiera el puto color del semáforo- Tampoco escribo poesía, no soy poeta ni soy magia, no tengo las manos azules, no tengo un solo tornillo en su lugar y siempre tengo las rodillas raspadas –seh, también metafóricamente-. Pero igual me encantaría poder enamorar a alguien con mis palabras, me encantaría derretir, volarle los sesos, hacerle sentir que me tiene nada más con leerme hablar sobre cualquier nimiedad: el tráfico, la guerra, el sexo.

¡Quiero que alguien me ame sin haberme visto jamás a la cara!


Me asfixian las personas, los ruidos, los mismos rostros, las reacciones predecibles y cotidianas. Me cansa ver el mismo film todos los días, de todas las semanas, de todos los meses del mismo año. Es por eso que voy a suicidarme, para despertar mañana con la Mónica del futuro que con suerte no tiene tan mal humor. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

¡Puto el que me atropelle!

Volví a viajar en bici.
Basta para recordar que odio a los peatones, que los automovilistas parecen padecer una extraña y peculiar degeneración cerebral y que, bueno, ya saben… no soy nada tolerante.

Me había olvidado de lo frustrante que es ir por la vida esquivando a todo aquel que le place violar las méndigas normas viales: el peatón que se cruza donde le viene la gana, el ciclista que va en sentido contrario, el automovilista que se para “nomás tantito” en donde está prohibido estacionarse, el conductor de transporte público adicto a la velocidad y que ignora para qué sirven las direccionales. Bueno, en realidad creo que las direccionales son un mito, nunca nadie las usa, ni los ciclistas.

Después de ser arrollada, me daba terror volver a usar la bicicleta como antes, incluso compré un casco para motoneta –búrlense, no me importa- No me siento tan libre, ni tan cómoda; escucho un motor a lo lejos y freno intempestivamente: El mentado miedo.

Esa cosa carcome, limita, nos hace las mentes obtusas –y qué decir de los cuerpos-, es una sensación ya familiar, como la primera vez que me presenté a dar una clase y no tenía ni idea, o la tarde de ayer que a mitad de la fosa los tirantes de mi traje de baño se desataron. Conozco esa sensación de pánico: de desear meterte entre las sábanas y no salir a enfrentarse a uno mismo.

Existe el miedo a todo tipo de cosas: tomar decisiones, decir lo que se siente, hacer lo que  se quiere, pero el más grave de todos –a mi juicio- es el miedo a no ser uno mismo. Puede manifestarse de muchas formas: temer ser quien uno desea por la expectativa de un tercero, temer ser uno mismo y que las cosas no resulten como esperamos, temer no saber siquiera que es lo que esperamos de nosotros mismos.

A mí me funciona tomarlo por sorpresa. Le voy poniendo trampas a mi inconsciente: “Sólo vamos a pedalear un tramo corto, vamos a ir despacio, tranquilo… confía”, y de repente me sorprendo logrando rutas completas, nadando la vieja rutina, entrando a un reclusorio, tomando mis propias decisiones, comprando un boleto a París.

He aprendido que nada es para tanto –nunca- que vamos a sentir miedo siempre, parece algo inevitable, pero también siempre nos hemos de sorprender logrando cosas imposibles y buscando nuevos retos.
Como un gran camarada me decía: Rome wasn’t built in a day.


PS. Reitero, repito y reafirmo: ¡Puto el que me atropelle!. 

sábado, 22 de marzo de 2014

Se los paso al costo.

Una vez más me han pedido clase de cultura mexicana ¡Menudo conflicto! La última vez que una alumna me pidió hablar sobre el tema, ingenuamente pensé en hablar de la gastronomía y la historia como referencia; no era lo que mis pupilos necesitaban saber. –Inserte emoji de desolación-
Resulta que todas y cada una de las veces que se me pregunta al respecto, además de portar un dejo de frustración, lo hacen tras haber vivido en carne propia “la cultura mexicana”.

“No, no, lo que yo quiero saber es por qué siempre llegan tarde”, “… por qué toman dos horas para la comida, si tienen sólo una”, “… por qué comen después de comer”, “… por qué si hacen dos horas de camino a su trabajo, donde además ganan muy poco, son felices”, “…por qué sus familias quieren decidir todo sobre ustedes”, “… por qué hay tanta corrupción”.

Para ese punto mi cara ya había caído tres metros de vergüenza. Mis alumnos no entienden cosas tan básicas como por qué los mexicanos no quieren pagar sus impuestos ¡Santísimo! Acabo de escribir cosas básicas, como si se tratara de algo totalmente normal para mí –y sí, pues-. Es interesante conocer la perspectiva de personas que no comparten mi nacionalidad, posarme un poco en sus zapatos y mirarnos desde sus ojos.

Dos de mis alumnas están por casarse, una de ellas con un chico de su nacionalidad y la otra con un chico mexicano –música gótica de fondo-, ayer me reuní con la última, desde que comenzamos me pidió 20 minutos al final de la clase para hacerme algunas preguntas sobre la vida en México –lo sospeché-. La pobre estaba aturdida, “¿Para qué le van a llamar trabajo, si la gente no trabaja?” Me contaba que había tenido una semana muy pesada porque sus colegas no logran jamás entregar sus deberes a tiempo, sus palabras empapadas de frustración me narraban que estos sujetos pasaban todo el día en facebook y que le era agotador tenerles que decir expresa y puntualmente cómo debían hacer sus actividades todo el tiempo. “Están flojos” me dijo, después de hacer la corrección, traté de explicarle un poco cómo funcionaban nuestros chips –me hubiera encantado echarle la culpa al infeliz programador que diseño nuestro/su software-. Pasamos al plano familiar, la Neoyorkina no comprendía por qué los padres de su novio –de 34 años- debían escoger las bebidas que se darían en su boda y encima opinar sobre los invitados “Ellos creen que es su fiesta, pero es mía” de nuevo tuve que explicar. Puedo mirar un contraste diferente cuando mi otra pupila me cuenta sobre los preparativos de su boda, pero, como ella siempre me dice con un gesto de vergüenza –por no ofenderme- “Es cultural”.

Tengo otro alumno alemán, que ya no sé si me da risa o ganas de llorar, él dice que le gusta México porque acá puede pasarse los altos y manejar a exceso de velocidad y no pasa nada. Aunque también se queja mucho de la flojera de sus empleados –en realidad a todos mis alumnos les impacta que seamos tan perezosos- Otro chico, de nacionalidad Suiza, es quien me comentaba su curiosidad por la gula del mexicano “Comen después de comer” dijo, le parecía risible que todo el tiempo tengamos hambre y dolor de estómago simultáneamente. Compara con Suiza, describe una mejor calidad de vida pero la infelicidad de sus paisanos, por eso le gustan los mexicanos.

En general, todos se quejan del tráfico: italianos, londinenses, franceses, neoyorkinos, alemanes, suizos; dicen que es la ciudad con más tráfico que hayan visitado en todo el mundo. A la mayoría al llegar, el banco o la compañía de telefonía móvil les adjudicaron algún producto sin su conocimiento al notar que no comprendían bien el español.

A veces no sé qué decirles, tengo muy normalizado lo que ellos encuentran absurdo o frustrante. La lección más grande me la dio una chica francesa: le comenté que podía recuperar el I.V.A. que pagaba en sus productos por ser extranjera, me dijo que no, que era la única forma que tenía de cooperar con algo. Ella viaja mucho, compra cuanto producto nacional se atraviesa en su camino, dice que la hace feliz saber que está generando trabajo para los mexicanos. Incluso, prefiere rentar en un barrio caro, para dejar opciones más económicas a los mexicanos que no tienen las mismas posibilidades.



En algo tienen razón los malinchistas: los extranjeros son más bonitos… más bonitos de sus buenas intenciones, a veces. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Oye Mon, te extraño.

Siempre tuve problemas para identificar las cosas, me cuesta trabajo procesar que la luz  es roja y puedo cruzar la calle, a veces no entiendo los íconos de primer instancia y debo asegurarme más de una vez antes de bajar en una estación o tomar un camión. No soy muy buena para mirar letreros en la calle, no entiendo, hay una laguna enorme entre mi sentido de la vista y mi pasguato cerebro.

Me pasa con todo, sé qué quiero: volver a ser la de antes, andar en bici hasta el fin del mundo, llegar a dar clase con los tobillos llenos de tierra, tirarme en el pasto a dormir, tener una charla con los homeless. Pero es justo como cuando estoy parada al borde de la banqueta y mi cerebro no puede tomar la decisión de cruzar la calle aunque la luz es verde y es seguro caminar.

Ojalá las cosas pudieran ser diferentes. Ojalá

Estas cosas de la cárcel.

Me siento como cuando terminas con ese chico que era un patán, te trataba con la punta del pie y no te quería ni tantito: sólo eras transitoria en su vida; pero no puedes dejar de pensarle y extrañarle aunque sabes que es un infeliz y que no te merece. Es extraño pero una parte de ti sigue pensando que puede cambiar y que tal vez puedan ser felices. Cada que pasas por los lugares que frecuentaban sientes un escalofrío del pie al alma y a veces hasta  te animas a pasar cerca para ver si de casualidad lo encuentras aunque no sepas bien ni qué le dirías; de hecho, hasta las lágrimas se me escapan. Y pues no, no es nostalgia por ninguna persona, es sólo que a veces echo de menos mi antiguo trabajo, aunque siempre fue un patán conmigo y no me quería ni la mitad de lo que yo a él, sigo creyendo que pudimos hacer grandes cosas juntos…

Fueron pocos los meses en CDI, apenas cuatro, sustanciosos eso sí. Tuve el gusto de conocer  gente hermosa, desesperada, harta, cansada, engañada. Mi transitorio paso por el Departamento Jurídico, me dejó desilusionada y bastamente decepcionada –más que cualquier caballero nunca-.
El primer día, me presenté entusiasmada, en la entrevista me habían dicho que iría a reclusorios y ayudaría jurídicamente para que indígenas presos consiguieran su libertad, no podía sentirme más motivada. Tras la primer semana, me sentí en uno de esos memes que muestran el contraste entre la expectativa y la realidad, no había conocido a mi jefe “estaba visitando reclusorios”,  nos enviaba indicaciones por mensaje o llamadas, mi compañera y yo, sin tener mayor idea del funcionamiento del departamento, recibíamos a la gente que iba a pedir apoyo jurídico y pedíamos instrucciones por teléfono.  ¡Mentira! No íbamos a ayudar a ningún indígena jurídicamente, sólo íbamos a ver cuántos podíamos sacar con el escueto recurso que nos enviaran de “oficinas centrales”. Tampoco ayudábamos en otras materias, no hacíamos nada: nada de nada.
El día de la primer visita a reclusorio llegó y de nuevo –como buena fémina crédula- llegué contentísima al Reclusorio Preventivo Varonil Oriente, mi jefe seguía muy ocupado equilibrando el cosmos y otra vez nos mandaba solas: ¡Sí, a las dos chamacas babosas con nula idea de lo que era visitar un reclusorio! Entramos y todo parecía muy cordial, los custodios nos saludaban como si fuéramos hijas del mismo Zeus. Cruzamos el pasillo principal para llegar a las oficinas del área de Grupos Vulnerables,  creo que nunca me habían elogiado tanto, los internos manejan todo: incluso la seguridad, los custodios están muy cansados cobrando por la lista o comprando películas piratas.  Comenzamos pronto las entrevistas; verdaderas historias de horror: violación a garantías individuales, corrupción, abusos dentro de prisión, golpes, cobros absurdos, etc. Sentí que ir a la universidad había sido una verdadera perderera de tiempo, lo que los abogados –penalistas- debíamos aprender estaba ahí frente a mí: sin saber hablar español, sin ropa, sin poder avisar a sus familias que fueron detenidos justa o injustamente. Ese mismo día regresé a la oficina a armar un presupuesto, acomodé las fianzas que se podían pagar y enlisté aquellos casos que podían salir con un amparo u otro artilugio legal.  Lo presenté de inmediato a la Delegada –recordemos que mi jefe peleaba en una nube por la justicia- quien sin leerlo me dijo “Bien, pregunta a Alejandro (el administrador) qué procede con el recurso”. Subí casi volando los dos pisos e hice la entrega. La respuesta fue desolada, recuerdo haber quebrado la voz, el administrador me decía –sin tener una pizca de conocimiento legal- que él no iba a sacar asesinos, violadores y mucho menos pensaba pagar fianzas de más de 20 mil pesos, me pidió que juntara un presupuesto de 200 mil pesos, inventando casos si era necesario ¡Inmunda barbaridad! Ahora sí estaba más jodida que la primer semana.
Las siguientes visitas al reclusorio me hicieron conocer otros casos aberrantes y alguno que otro verdaderamente risible. La lista de candidatos que encuadraban en el proyecto aumentaba y el dichoso recurso aún no se hacía llegar, presioné, incluso conté los casos que había conocido pero ni la Delegada ni el administrador se azoraban, ya era una realidad cotidiana por la que no pensaban luchar ni un poco.
Dentro de la delegación existían otros proyectos que apoyaban a las comunidades indígenas, el famoso POPMI que apoyaba a mujeres indígenas, entre otros. Recién pasaba un mes de mi estadía y ya me había enterado por varias fuentes que los proyectos apoyados eran inventos hechizos de parientes de la Delegada, tal vez a eso se debía que jamás existió el recurso para liberar indígenas, vaya, ni siquiera el correspondiente a los sueldos de mis compañeros –yo ni siquiera cobraba-.
Conocíamos ya los nombres de algunas personas que iban con frecuencia buscando al abogado, señores que pedían nuestra ayuda para liberar a sus hijos/esposos/hermanos, ofrecían pagar el transporte para que acudiéramos al reclusorio a hacer la investigación protocolaria y así poderles dar tristes 3 mil pesos para sus fianzas, eso valía su tranquilidad, eso necesitaban para dejar de dormir en lugares horrendos y caminar distancias absurdas para ir todos los días a buscar al pinche abogado.
Estábamos hartas, teníamos que mentir todo el tiempo,  ni la Delegada ni el Jefe de Departamento Jurídico tenían la decencia de recibir a esta gente. Un día llegó un oficio de un Juez, donde pedía atento apoyo para liberar a dos indígenas en el R.P.V.O., revisé en mis listas, Aldair y Getzemani ni siquiera eran indígenas, ya los había descartado por completo porque encima de mentir, sus fianzas eran muy altas. El abogado se dignó a revisar el expediente, pidió el recurso y en menos de una semana estaban libres ¡Tremendo disparate! Odié no ser juez.
Quise meterme en camisa de once varas y me enrolé en la visita familiar con ayuda de un amigo que hice ahí dentro, traté de usar información para que mis colegas pudieran tomar algún caso pro bono y así poder ayudar. Conocí lo que era dejar de entrar en tacones y con el gafete de “Gobierno”, ahora estaba del otro lado y tenía que pagar $5.00 si mi ropa no era del gusto de las custodias, si un día decidían que la fotografía de mi identificación lucía más cachetona que yo. Vi bastantes mujeres aguantarse la rabia de que la supuesta autoridad manoseara su comida o la tirara por no ser la permitida, vi señoras de 70 años quedarse afuera llorando por no tener los benditos $5.00 para que la custodia perdonara sus pantaloncillos blancos,  mientras del otro lado a cambio de un billete desfilaban bebidas alcohólicas, ropa de color prohibido y hasta pantallas de plasma. Vi mujeres en zancos con ropa provocativa entrar sin siquiera estar enrolada. Ese lugar apesta a porquería.
Me descubrieron.
Renuncié después de tres meses y los internos que conocí seguían sin su libertad, recordaba sus caras de esperanza y otras tantas de hartazgo, recordaba sus manos partidas y destrozadas por la fajina (limpieza de vajilla y baños todos los días) que se veían obligados a desempeñar para poder sacar lo de su lista (Los custodios cobran $5.00 por poner su asistencia, ajá, tienen que pagar por su derecho) recordé su desesperación, puse una queja ante el órgano Interno de Control, queja que yace aún sin respuesta (ya pasaron siete meses) y no pasa nada. La gente ahí sigue recibiendo su sueldo, todo sigue igual para ellos, qué diablos va a preocuparles que quién sabe cuántos hombres y mujeres estén pagando con sus derechos los errores cometidos, incluso, errores que jamás cometieron.
Pero como dije al principio, a veces muero por volver con este chico patán que me trató tan mal, sigo pensando que puede cambiar, que lo puedo cambiar. No sé, tal vez y sólo tal vez sea posible.