Volví a viajar en bici.
Basta para recordar que odio a
los peatones, que los automovilistas parecen padecer una extraña y peculiar
degeneración cerebral y que, bueno, ya saben… no soy nada tolerante.
Me había olvidado de lo
frustrante que es ir por la vida esquivando a todo aquel que le place violar
las méndigas normas viales: el peatón que se cruza donde le viene la gana, el
ciclista que va en sentido contrario, el automovilista que se para “nomás
tantito” en donde está prohibido estacionarse, el conductor de transporte
público adicto a la velocidad y que ignora para qué sirven las direccionales. Bueno,
en realidad creo que las direccionales son un mito, nunca nadie las usa, ni los
ciclistas.
Después de ser arrollada, me daba
terror volver a usar la bicicleta como antes, incluso compré un casco para
motoneta –búrlense, no me importa- No me siento tan libre, ni tan cómoda;
escucho un motor a lo lejos y freno intempestivamente: El mentado miedo.
Esa cosa carcome, limita, nos
hace las mentes obtusas –y qué decir de los cuerpos-, es una sensación ya
familiar, como la primera vez que me presenté a dar una clase y no tenía ni
idea, o la tarde de ayer que a mitad de la fosa los tirantes de mi traje de
baño se desataron. Conozco esa sensación de pánico: de desear meterte entre las
sábanas y no salir a enfrentarse a uno mismo.
Existe el miedo a todo tipo de
cosas: tomar decisiones, decir lo que se siente, hacer lo que se quiere, pero el más grave de todos –a mi
juicio- es el miedo a no ser uno mismo. Puede manifestarse de muchas formas:
temer ser quien uno desea por la expectativa de un tercero, temer ser uno mismo
y que las cosas no resulten como esperamos, temer no saber siquiera que es lo
que esperamos de nosotros mismos.
A mí me funciona tomarlo por
sorpresa. Le voy poniendo trampas a mi inconsciente: “Sólo vamos a pedalear un
tramo corto, vamos a ir despacio, tranquilo… confía”, y de repente me sorprendo
logrando rutas completas, nadando la vieja rutina, entrando a un reclusorio,
tomando mis propias decisiones, comprando un boleto a París.
He aprendido que nada es para
tanto –nunca- que vamos a sentir miedo siempre, parece algo inevitable, pero
también siempre nos hemos de sorprender logrando cosas imposibles y buscando
nuevos retos.
Como un gran camarada me decía:
Rome wasn’t built in a day.
PS. Reitero, repito y reafirmo:
¡Puto el que me atropelle!.
No hay comentarios:
Publicar un comentario