Estaba leyendo ese poema que me encanta de Bukowski, sentí el
candor en el pecho que dice mamá es un reflejo de todas las emociones que cargo
y no dejo salir. Interpreto de muchas formas el suicidio del que Charles hablaba;
creo que hoy es uno de esos días en los que necesito suicidarme.
Me gusta releer lo que escribo,
para recordar lo que estaba sintiendo, por quién lo estaba sintiendo y me doy
cuenta que hay nombres de los que ya ni siquiera me acuerdo. Ni una sola de
esas letras han sido mías, son de aquel que me miraba: intranquila, enamorada,
loca, desesperada, cabreada; de aquel
que me miraba y creía estar en amor mientras desfilaba en mi pupila, después
sucedía la magia y lo plasmaba en un papel. Era una forma presuntuosa de hacer
una lista de los hombres que de mí se habían enamorado, nadie sospecharía de
esa larga pila de versos.
No sé si he estado enamorada mil
veces o ninguna. Siempre espero grandes cosas del amor y la verdad es que no yo
no sé distinguir entre el amor y las ganas de ir al baño, no sé distinguir
entre nada de nada –ni siquiera el puto color del semáforo- Tampoco escribo
poesía, no soy poeta ni soy magia, no tengo las manos azules, no tengo un solo tornillo
en su lugar y siempre tengo las rodillas raspadas –seh, también metafóricamente-.
Pero igual me encantaría poder enamorar a alguien con mis palabras, me encantaría
derretir, volarle los sesos, hacerle sentir que me tiene nada más con leerme
hablar sobre cualquier nimiedad: el tráfico, la guerra, el sexo.
¡Quiero que alguien me ame sin
haberme visto jamás a la cara!
Me asfixian las personas, los
ruidos, los mismos rostros, las reacciones predecibles y cotidianas. Me cansa
ver el mismo film todos los días, de todas las semanas, de todos los meses del
mismo año. Es por eso que voy a suicidarme, para despertar mañana con la Mónica
del futuro que con suerte no tiene tan mal humor.
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