domingo, 13 de abril de 2014

¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?


Conversaba con la madre de una de mis amigas, una señora que comulga fehacientemente con la religión católica, participa  en diversos eventos filantrópicos y eclesiásticos. Hablábamos sobre una conocida cuya hija está esperando un bebé. Martha hizo una cara de sufrimiento –Pobre mujer, Dios mío- refiriéndose a la madre de la chica en cuestión, mi amiga y yo nos miramos consternadas, rápidamente Patricia le cuestionó:

 –“¿No es un bebé una bendición, mamá?-

-Sí, bueno, es una bendición pero dentro del matrimonio. Dios creó el matrimonio para la concepción, para que se formen las familias.

Ambas volvimos a mirarnos con admiración. Comenzó un debate –que obviamente no íbamos a ganar ni Patricia ni yo- citamos los cientos de personas que conocemos que se conducen por la vida con una conducta negativa y aberrante socialmente, y que por cierto, crecieron en el marco de un matrimonio Católico, Apostólico y Romano. Martita terminó por abandonar la habitación, entendió que no habríamos de aceptar su postura y en definitiva a ella tampoco le interesaba entender la nuestra.

Me quedé con muchas dudas: Si concibo a mi bebé y me caso antes de que nazca, de modo que al nacer yo ya me halle en sagrado matrimonio, ergo, ¿Mi bebé sí es una bendición?, Si estoy casada y el bebé que tengo no es de mi marido, ¿Mi bebé es una bendición?; Y si mi bebé nace muerto, ¿Qué tipo de bendición es?, Los niños huérfanos, ¿No son bendiciones? Creo que Martita no me va a querer asesorar.

Yo siempre he querido adoptar, me entusiasma la idea de poderle transmitir a una persona todas las cosas que sé; eso: la etapa que más me cautiva de la vida es la formación. Considero que tengo la posibilidad de ofrecerle a esa persona –a la que alguien más no quiso ofrecerle nada- lo que todos los seres humanos merecemos por derecho natural: amor. Los factores: familia, educación,  comprensión, estabilidad económica, son lo de menos. Conozco a mucha gente que ataca mi expectativa de criar a un humanito que no engendré –Eso déjalo para las parejas que no pueden concebir: tú estás sana- me dicen, e inevitablemente algo me hace pensar que ese tal Dios algo tuvo que ver en la tendencia de tales comentarios. Yo creo que ya mejor ni les menciono que me encantaría ver a mis hijos realizarse en lo que aman y dejarlos hacer su vida sin meter mi cuchara, las madres dan –o forman, pues- vida para que los hijos las vivan, no como una bizarra proyección de lo que uno no tuvo las gónadas de lograr.

-¿Qué te traes, Dios? ¿Cuál es tu problema con las mamás solteras, las parejas del mismo sexo y las locas como yo que queremos adoptar?-

Se dice que todos esos niños que crecen en familias –verbigracia- socialmente diferentes, van a sufrir peor que el mismo Jesús en la cruz que por cierto, no me queda claro si su nacimiento fue una bendición por el contexto que ya todos conocemos. Que si los papás son del mismo sexo: ¡Pobre criatura! Lo van a violar, le van a inyectar el virus de la homosexualidad; que si creció sin figura paterna: ¡Pobre chamaco! Le falta la figura de un hombre, cuando crezca no va a saber ni cómo ponerse un condón. Que si es adoptado: ¡Dios lo guarde! Siempre tendrá la espinita de conocer a sus verdaderos padres. ¡Cuánta marrullería!- digo yo.

La única constante importante y necesaria es la voluntad, la voluntad de darle amor a un ser que pudiste o no haber concebido por ti misma. La voluntad de compartir lo que eres y participar en la formación del criterio de otro ente ¿Existirá acaso algo más fascinante que eso? Que sus padres compartan el mismo órgano sexual, que sólo haya una persona fungiendo el cargo de padres en su vida, o que sepa que quienes más lo protegen en el mundo no comparten su genética no marca la diferencia. La diferencia estriba en que ese chico, tuvo quién se sentara con él a hacer la tarea, quién le orientara para tomar sus decisiones, quién le hablara de la libertad, del amor, del respeto; quién le dijera que se puede comer el mundo si quiere y al salir de esos labios perforé bien fuerte en su mente y como resultado: él lo crea.

Me encanta esta forma tan sublime con la que pronuncio: bebé, amor, libertad. No necesito nada más, ni la bendición de este Dios ni de ninguno, para poder compartirle a alguien la posibilidad de ser feliz por su propia voluntad.


Es todo y cuanto, amigos. Hagan equipos de tres, comenten, discutan y saquen sus propias conclusiones. 

jueves, 3 de abril de 2014

¿Bailamos o qué?

Todavía me acuerdo de ti. Ya sé que te he visitado con el bajo pretexto de pasar al baño, perdóname, ya sabes que soy una cínica y tú ahora “estás” en ese lugar por el que paso todos los días.

A veces me dan ganas de bailar y me acuerdo de ti, de cómo te avergonzaba que tomara de más, de los corajes cuando olvidaba la identificación y nos quedábamos afuera por mi culpa. ¿Te habías dado cuenta que sólo cuando estaba contigo fumaba? ¿No? Yo tampoco. Me cuesta mucho decir la palabra cuando se trata de ti, pero, ¡Pinche muerte! La mayoría del tiempo prefiero pensar que te enojaste porque no me dejaron salir y me estás ignorando hasta que yo te llame, cosa que no va a pasar porque tu teléfono ya está suspendido y todos los comentarios que me habías puesto en facebook ya no salen más.

Siempre amé nuestra complicidad, las cosas que sé y que nunca dijiste, mis comentarios imprudentes seguidos de tu ceño fruncido por el retrovisor. Ya sé que el último año no hablamos mucho, estábamos muy ocupados con el trabajo y las parejas. Vi el último mensaje que me mandaste, pero estaba atolondrada y no te quise responder, no me estoy disculpando, sólo te estoy diciendo la verdad: no quise y ya.

Tengo algunas cosas tuyas de las que no me quiero deshacer, no me interesa si es sano o enfermo, ya sabes que soy de almacenar olores y ese antifaz aún tiene tu loción –no me encanta, pero, qué le vamos a hacer: así olías-

La verdad es que no me he acomodado para bailar con nadie más, creo que tú sabías perfecto como guiarme y me quitabas por instantes esta condenada arritmia. No sé Jorge, dime algo, dime si eres feliz, si también te acuerdas de mí. Ya sé que estoy haciendo mucho drama por algo que es bien natural, como cuando te llamaba a deshoras para que me llevaras a algún lado y me hicieras bailar hasta olvidarme de todas las patanadas que me hacía ese cabrón. Me duele saber que ya no vas a venir por mí, que no me vas a citar en un lugar horrible y oscuro, que no me vas a mandar un mensaje privado para felicitarme por mi cumpleaños porque te da pena que los demás vean que me quieres.

Ya sé que estás muerto y que eso no va a cambiar por más que llore toda la noche y mañana me presente a dar clases con los ojos hinchados. Ya sé que no me vas a contestar, que estás bien y que otra vez soy una egoísta desesperada, que la que está insufrible soy yo, que la que no entiende ni hace nada por entender está detrás de este monitor.


Sólo te extraño. 

Eres un espíritu libre -Me dijo.


Estaba leyendo  ese poema que me encanta de Bukowski, sentí el candor en el pecho que dice mamá es un reflejo de todas las emociones que cargo y no dejo salir. Interpreto de muchas formas el suicidio del que Charles hablaba; creo que hoy es uno de esos días en los que necesito suicidarme.

Me gusta releer lo que escribo, para recordar lo que estaba sintiendo, por quién lo estaba sintiendo y me doy cuenta que hay nombres de los que ya ni siquiera me acuerdo. Ni una sola de esas letras han sido mías, son de aquel que me miraba: intranquila, enamorada, loca, desesperada, cabreada;  de aquel que me miraba y creía estar en amor mientras desfilaba en mi pupila, después sucedía la magia y lo plasmaba en un papel. Era una forma presuntuosa de hacer una lista de los hombres que de mí se habían enamorado, nadie sospecharía de esa larga pila de versos.

No sé si he estado enamorada mil veces o ninguna. Siempre espero grandes cosas del amor y la verdad es que no yo no sé distinguir entre el amor y las ganas de ir al baño, no sé distinguir entre nada de nada –ni siquiera el puto color del semáforo- Tampoco escribo poesía, no soy poeta ni soy magia, no tengo las manos azules, no tengo un solo tornillo en su lugar y siempre tengo las rodillas raspadas –seh, también metafóricamente-. Pero igual me encantaría poder enamorar a alguien con mis palabras, me encantaría derretir, volarle los sesos, hacerle sentir que me tiene nada más con leerme hablar sobre cualquier nimiedad: el tráfico, la guerra, el sexo.

¡Quiero que alguien me ame sin haberme visto jamás a la cara!


Me asfixian las personas, los ruidos, los mismos rostros, las reacciones predecibles y cotidianas. Me cansa ver el mismo film todos los días, de todas las semanas, de todos los meses del mismo año. Es por eso que voy a suicidarme, para despertar mañana con la Mónica del futuro que con suerte no tiene tan mal humor.