lunes, 6 de septiembre de 2010

Art. 395 del Código Penal Federal

Estuve mucho tiempo perteneciendo, colgada en un llavero como llave que no abría ninguna puerta. Siendo parte del mobiliario de tu oficina, como utilería para casos de emergencia. ¿Qué le puedo hacer? ... me acostumbré.
Fueron muchos días siendo todo y sintiéndome nada, con función de sombra y atributos de archivero -creo que también fui bote de basura- cargadora de equipo, grabadora de bolsillo, fotógrafa sin créditos y promotora de eventos en los que no era bienvenida. Pero ¿Qué le puedo hacer? ... me acostumbré.
Ejercí como enemiga adjudicada, blanco de mentiras y constructora -por excelencia- de sueños inconcretables; candidata a madre de dos hijos, guía turística y guía roji -antes de que tuvieras GPS-. La primera en llegar a tus conciertos y la última en irse con la garganta destrozada. Otra vez nada puedo hacer... me acostumbré.
Para no cansar la vista: ayudante de ocasión, admiradora por devoción, guerrera por obligación, humana por designación, amante por amor y desertora por cuestiones de supervivencia, más nunca por convicción.
Hoy mis escrituras ya no están en el cajón de tus papeles, tal vez se traspapelaron, ¡Qué sé yo!.
Ya no soy propiedad, no pertenezco más a tus dominios ni a ningunos. Igual nada ha cambiado, sigo sin ser llave que abra alguna puerta.Vuelo como hoja seca, siempre con miedo a crujir bajo el calzado de algún ocioso, no pertenezco a nada por más que haga el intento, sé que no está mal y no estoy segura de que esté bien.
Tengo una gran memoria sin espacio para más recuerdos, la batería ya no carga y se acaban los pañuelos cuando resbalas de mis ojos. Cargo un miedo sin destino, susurros que no entiendo, y la melodía sin letra de una canción que jamás te escuché tocar. Ya los hice pedacitos -que caben perfecto por la ventana del autobús.- Decidido: por la noche te arrojo a la carretera y está vez me aseguro de no volverte a encontrar.


domingo, 29 de agosto de 2010

Para que estés al tanto...

Persigo el reflejo de una montaña
los caminos perpetuos que guían mi mirada.
Persigo mi sombra reflejada en tu espalda
y el sabor de tus manos que aún no me llaman.
Escucho tu canto con mi tacto de ciego
escribo palabras que aún no se inventan
y me sueño cansada ensayando mis versos
bañada en sudor, recostada en tu alma.

No tienes ojos ni sonrisa de amante
tu pecho no arde, pero provoca mis ganas
tu aroma me sigue por toditas las camas
e imagino dibujado en tu rostro
este deseo que roza mi espalda.

Quisiera ser franca
sin atentar con tu calma
cantarte en silencio y degustar tu mirada
por último y sin maldad perturbada
estremecer tu razón con mi parte deseada.

Persigo de nuevo la misma montaña
con palabras que guíen tu sabor a mi encuentro
con señales confusas dirigidas al viento
que revienten en lo mejor de tu cuerpo.
Aunque es verdad que anhelo con mucho más deseo
recargues tus besos sobre mi lado izquierdo.

Y si no es menester despojarme de telas
entiendas por fin que tus solas palabras:
solemnes y frías, serias y estudiadas,
exprimen de flores el calor de mis senos
y al estrecharme la mano sin pretender nada
con tus saludos cordiales y respuestas pausadas
conviertes de un soplo las estrellas en llamas
que al consumirse en esta intensa batalla
se convierten en agua que escurre con calma
hasta el borde que marca el final de mis ganas.
empapas mis piernas con cien mil sentimientos
y revientas mis gritos sin importar la distancia

miércoles, 4 de agosto de 2010

Desconocido por conocer

Búscame en tu costado, bajo tus labios, en donde sólo pasé un rato de esa alocada noche, búscame en la ventana, recargada en el auto, en mi nombre que no conseguías pronunciar –ni recordar-, en las mentiras que te dije, búscame entre la ropa de la que no conseguiste despojarme; y en el contenido de tu bolsillo curioso que me coqueteaba al acariciar.

Encuéntrame entre la música, hundida en las notas de absurdo baile, entre las botellas que te bebiste y destilaste dentro de mi, hállame al alejarme en ese auto, frustrado por la artimaña que no conseguiste consumar. ¡Cómo quieras! ¡Sólo búscame! para entonces puede que no haya trampas, que te cruce el deseo, mientras yo cruzo los dedos.

domingo, 18 de julio de 2010

Sentirse tan simple y ser tan complejo, percibirse completo.

Seduzco el arte de encontrar palabras, de respirarlas de tu cuerpo y sentirlas devorarme, seduzco el arte de leerte, de hacerte lentamente las cosas que quiero decirte. Quisiera que mis manos pudieran escribir sobre tu espalda, que delinearan figuras nuevas sobre ti; es verdad que me gustaría sorprenderte, aunque no sepa bien como se hace y la que resulte sorprendida sea yo.
-Me azoran esos ojos, me erizan-. Pienso que siempre estás atento al silencio, ambiguo del pie hasta el alma, complejo, de urgencia, lento, con calma. Tu piel escupe hacia mi, hace todo más sencillo, provee mis líneas de versos.
No tengo muchas letras, tengo intentos de palabras, preliminares de sensaciones y palpitaciones constantes y profundas, respiraciones con intentos de suspiros y el aire no anda constante por aquí.
Siento mi piel a la intemperie, no me preocupa porque pensarte me mantiene constante-consciente, recorro estos y párrafos y pienso que me he extendido demasiado. ¿Sabes? Tengo pendiente un verso, y debo llevarlo a domicilio.

18062010

miércoles, 14 de julio de 2010

Emoción ambigua.


El corazón me palpita muy rápido, me cimbra y hace titubear -temo-. Lo contraigo, presiono hacia adentro para que encuentre su lugar, pero no, se descarría y escapa, va veloz como persiguiendo un ladrón. No lo alcanzo, lleva tanta prisa como deseos -y yo deseo- deseo serenar el líbido de mis palabras. El pecho se me sale de control y sudan mis pensamientos, voy a buscar en un rincón de mis entrañas; ahí está la cura.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Tengo ganas de vivir, toma un pedazo de mí.

Un hueco enorme y bien estructurado, días necesarios para construirle. Cavar durante años ha sido mi tarea, hondo tocan mis dedos –ya no tocan-.
Placebos temporales, espacios medio cerrados, latentes soluciones efímeras. Algunas veces un tú, otras, un yo. Lágrimas para enardecer la tierra y la sangre, detalles agregados que hacen bello el momento. Un dolor imperfectible, sabor crudo, natural, siempre limpio, completo, inmenso –no tanto como el mar-.
He vivido tantas horas, he sentido tantos segundos. Pesan siglos sobre mi conciencia, de otras vidas, que han pasado y que están por llegar. Me olvidé de sentir, quiero recordar como razonar, llevo tiempo bajo tierra, aquí no existen las promesas, por lo tanto, no pueden romperse. Sólo hay recuerdos bien acomodados, periódicos, constantes, con turno para aparecer, dan vueltas con sus imágenes tan reales, fuera de mí, dentro de mi conciencia.
No sé por cuanto más estaré muerta, derrotada dentro del mismo ciclo, con los episodios que provocan impotencia, deseos de salir de la tumba para leer mi epitafio. Quise estar muerta para conocer lo que había logrado. Y ahora, aquí, bañada en muerte, en tierra, repleta de sangre caduca y oxígeno plastificado. Me doy cuenta que nunca he sido más que huesos, seriedad e inexistencia. Pedazos, grandes porciones, azorables cantidades de nada.
Existo, me enciendo, vibro, palpito, suspiro, me extingo, me evaporo, me olvido.

sábado, 16 de enero de 2010

No hay tiempo para pensar en lo que pasaría.

-Que Dios la bendiga señorita- Y mis ojos se llenaron de lágrimas al escuchar la ternura en su vocecilla. Tenía un par de ojos arrugados e inocentes, un cuerpecillo pequeñito y débil, una suavidad indescriptible en las manos, con las que tomó las mías como depositando su agradecimiento en ellas; y puedo jurar, que de corazón deseaba que Dios me bendijera. Me sentí tan afortunada, a esa mujer le pareció digno de bendición ese pequeño e insignificante acto.
Yo me quedé sin palabras, contuve el aliento y tal vez habré dejado escapar un gemido (no estoy segura) No pude decir gracias -¿Qué podría contestar que se equiparara a tal?. Seguí el camino, pero no pude olvidar sus palabras.
Ya traía un dolor cargando desde varias noches atrás, el cual, en esos momentos detuve para admirar en mi memoria la paz que me dio aquella mujer. Por un momento desee enormemente conocer a ese Dios, me sentía tan triste, por un momento sentí la imparable necesidad de volverme corriendo hacia ella para pedirle me hablara de él. Pero no, -No Mónica- Tu no crees en ese Dios y mucho menos mereces que alguien te bendiga. Lo cierto es que ella no tiene la culpa, cómo iba a saber que cargo con una maldición desde la cuna.
-¡Y no!- Me convencí, ni el Dios de esa mujer, ni ningún otro, sentiría el mínimo deseo de bendecirme jamás, es más, puedo asegurar que todas las divinidades habidas me repudian y sienten hastío al oír nombrarme.
Ahora todo pintaba peor, me sentí culpable. ¿Podría ser posible que esta maldad que poseo, atravesara mis poros y hubiese contagiado a la mujer? ¡Bah! Ya estaba comenzando a volar mi pensamiento, sabía que lo único que debía hacer, era olvidar todas las palabras que había escuchado esa mañana y volver a la meditación de mis dolores cotidianos. -Lo último que necesito ahora, es abrumarme con cosas celestiales- Refunfuñé.
Así fue, seguí el camino abrazando mi antiguo dolor, repasándolo en mi mente y pretendiendo darle soluciones que sabía, no habrían de funcionar. Una lágrima recorría mi mejilla, la frustración y todas esas cosas albergadas en mi cuerpo, se movían dentro, ya no tenía esperanza en que tal movimiento fuera indicio de que estaban por ser desechadas de mi, al contrario, las conozco tan bien, que sabía que el vuelco que dieron, era un movimiento rutinario para acomodarse. Sentí podrida el alma y la mujer volvió a mi mente. -¡Ingenua!- Suspiré algo derrotada, si soy un ser tan repugnante, en que cabeza cabe pedirle a Dios -Cualquiera que fuese- que me bendijera.
Siendo honesta, lo que no dejaba a la señora abandonar mi mente, era que me sentía completamente culpable, no creí -ni creo- merecer un mínimo buen deseo. Sé, que primero me partiría un rayo antes de que Dios decidiera bendecirme. Y como dice aquí, jamás aprendí a decir quizás.

viernes, 15 de enero de 2010

Quitándome la careta...

Me he cansado del viento, me cansa descubrir que realmente no sopla. Me molesta su silbido, el desdén con que se pasea y alborota mi cabello, detesto no poderselo impedir. Es tiempo de pensar, y él, no hace más que aturdirme.
Sé que no soy especial –siempre lo he sabido-. Soy tan simple, que se me ha de tratar de la misma forma, sin grandes reconocimientos ni faenas. Lo sé, puede que no merezca festejo con gozo y entusiasmo, me conformo con destellar en la memoria. Aunque jamás sabré si de menos eso podría alcanzar.
Se azotan las ventanas y los portales de mi alma, el viento llega hasta mis entrañas y me vulnera, me hace sucumbir ante su estruendo. Detesto hallarme al descubierto, pretendo parecer astuta al poner el cerrojo, al mostrarme hermética e inaccesible. Y en definitiva, no quisiera entusiasmar a nadie, pero tal vez, algún día aprenda a no llorar. Puede que en un arranque de magia celestial se me conceda ser forjada con un mal corazón –bah!, tal vez ya lo tenga-
-Comienzo a creer que nunca escampará aquí dentro- Detesto la soledad de mis adentros, aún sabiendo que estoy condenada y que nada la hará esfumar –¡Sí, ni ese condenado viento!-
Cuento con tres corazones latiendo en uno mismo. Cada uno destinado a una razón distinta – o al menos eso pretendía el ser que al crearme me los concedió- Ahora, es evidente que los tres se dedican por completo a la desdicha, parece que se rindieron y ahora dedican el tiempo a contemplarse morir -¿Cómo no amar el arte de la contemplación?- Esperan aquí dentro, siempre fieles, el momento en que han de fenecer.