sábado, 16 de enero de 2010

No hay tiempo para pensar en lo que pasaría.

-Que Dios la bendiga señorita- Y mis ojos se llenaron de lágrimas al escuchar la ternura en su vocecilla. Tenía un par de ojos arrugados e inocentes, un cuerpecillo pequeñito y débil, una suavidad indescriptible en las manos, con las que tomó las mías como depositando su agradecimiento en ellas; y puedo jurar, que de corazón deseaba que Dios me bendijera. Me sentí tan afortunada, a esa mujer le pareció digno de bendición ese pequeño e insignificante acto.
Yo me quedé sin palabras, contuve el aliento y tal vez habré dejado escapar un gemido (no estoy segura) No pude decir gracias -¿Qué podría contestar que se equiparara a tal?. Seguí el camino, pero no pude olvidar sus palabras.
Ya traía un dolor cargando desde varias noches atrás, el cual, en esos momentos detuve para admirar en mi memoria la paz que me dio aquella mujer. Por un momento desee enormemente conocer a ese Dios, me sentía tan triste, por un momento sentí la imparable necesidad de volverme corriendo hacia ella para pedirle me hablara de él. Pero no, -No Mónica- Tu no crees en ese Dios y mucho menos mereces que alguien te bendiga. Lo cierto es que ella no tiene la culpa, cómo iba a saber que cargo con una maldición desde la cuna.
-¡Y no!- Me convencí, ni el Dios de esa mujer, ni ningún otro, sentiría el mínimo deseo de bendecirme jamás, es más, puedo asegurar que todas las divinidades habidas me repudian y sienten hastío al oír nombrarme.
Ahora todo pintaba peor, me sentí culpable. ¿Podría ser posible que esta maldad que poseo, atravesara mis poros y hubiese contagiado a la mujer? ¡Bah! Ya estaba comenzando a volar mi pensamiento, sabía que lo único que debía hacer, era olvidar todas las palabras que había escuchado esa mañana y volver a la meditación de mis dolores cotidianos. -Lo último que necesito ahora, es abrumarme con cosas celestiales- Refunfuñé.
Así fue, seguí el camino abrazando mi antiguo dolor, repasándolo en mi mente y pretendiendo darle soluciones que sabía, no habrían de funcionar. Una lágrima recorría mi mejilla, la frustración y todas esas cosas albergadas en mi cuerpo, se movían dentro, ya no tenía esperanza en que tal movimiento fuera indicio de que estaban por ser desechadas de mi, al contrario, las conozco tan bien, que sabía que el vuelco que dieron, era un movimiento rutinario para acomodarse. Sentí podrida el alma y la mujer volvió a mi mente. -¡Ingenua!- Suspiré algo derrotada, si soy un ser tan repugnante, en que cabeza cabe pedirle a Dios -Cualquiera que fuese- que me bendijera.
Siendo honesta, lo que no dejaba a la señora abandonar mi mente, era que me sentía completamente culpable, no creí -ni creo- merecer un mínimo buen deseo. Sé, que primero me partiría un rayo antes de que Dios decidiera bendecirme. Y como dice aquí, jamás aprendí a decir quizás.

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