viernes, 15 de enero de 2010

Quitándome la careta...

Me he cansado del viento, me cansa descubrir que realmente no sopla. Me molesta su silbido, el desdén con que se pasea y alborota mi cabello, detesto no poderselo impedir. Es tiempo de pensar, y él, no hace más que aturdirme.
Sé que no soy especial –siempre lo he sabido-. Soy tan simple, que se me ha de tratar de la misma forma, sin grandes reconocimientos ni faenas. Lo sé, puede que no merezca festejo con gozo y entusiasmo, me conformo con destellar en la memoria. Aunque jamás sabré si de menos eso podría alcanzar.
Se azotan las ventanas y los portales de mi alma, el viento llega hasta mis entrañas y me vulnera, me hace sucumbir ante su estruendo. Detesto hallarme al descubierto, pretendo parecer astuta al poner el cerrojo, al mostrarme hermética e inaccesible. Y en definitiva, no quisiera entusiasmar a nadie, pero tal vez, algún día aprenda a no llorar. Puede que en un arranque de magia celestial se me conceda ser forjada con un mal corazón –bah!, tal vez ya lo tenga-
-Comienzo a creer que nunca escampará aquí dentro- Detesto la soledad de mis adentros, aún sabiendo que estoy condenada y que nada la hará esfumar –¡Sí, ni ese condenado viento!-
Cuento con tres corazones latiendo en uno mismo. Cada uno destinado a una razón distinta – o al menos eso pretendía el ser que al crearme me los concedió- Ahora, es evidente que los tres se dedican por completo a la desdicha, parece que se rindieron y ahora dedican el tiempo a contemplarse morir -¿Cómo no amar el arte de la contemplación?- Esperan aquí dentro, siempre fieles, el momento en que han de fenecer.

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