miércoles, 26 de marzo de 2014

¡Puto el que me atropelle!

Volví a viajar en bici.
Basta para recordar que odio a los peatones, que los automovilistas parecen padecer una extraña y peculiar degeneración cerebral y que, bueno, ya saben… no soy nada tolerante.

Me había olvidado de lo frustrante que es ir por la vida esquivando a todo aquel que le place violar las méndigas normas viales: el peatón que se cruza donde le viene la gana, el ciclista que va en sentido contrario, el automovilista que se para “nomás tantito” en donde está prohibido estacionarse, el conductor de transporte público adicto a la velocidad y que ignora para qué sirven las direccionales. Bueno, en realidad creo que las direccionales son un mito, nunca nadie las usa, ni los ciclistas.

Después de ser arrollada, me daba terror volver a usar la bicicleta como antes, incluso compré un casco para motoneta –búrlense, no me importa- No me siento tan libre, ni tan cómoda; escucho un motor a lo lejos y freno intempestivamente: El mentado miedo.

Esa cosa carcome, limita, nos hace las mentes obtusas –y qué decir de los cuerpos-, es una sensación ya familiar, como la primera vez que me presenté a dar una clase y no tenía ni idea, o la tarde de ayer que a mitad de la fosa los tirantes de mi traje de baño se desataron. Conozco esa sensación de pánico: de desear meterte entre las sábanas y no salir a enfrentarse a uno mismo.

Existe el miedo a todo tipo de cosas: tomar decisiones, decir lo que se siente, hacer lo que  se quiere, pero el más grave de todos –a mi juicio- es el miedo a no ser uno mismo. Puede manifestarse de muchas formas: temer ser quien uno desea por la expectativa de un tercero, temer ser uno mismo y que las cosas no resulten como esperamos, temer no saber siquiera que es lo que esperamos de nosotros mismos.

A mí me funciona tomarlo por sorpresa. Le voy poniendo trampas a mi inconsciente: “Sólo vamos a pedalear un tramo corto, vamos a ir despacio, tranquilo… confía”, y de repente me sorprendo logrando rutas completas, nadando la vieja rutina, entrando a un reclusorio, tomando mis propias decisiones, comprando un boleto a París.

He aprendido que nada es para tanto –nunca- que vamos a sentir miedo siempre, parece algo inevitable, pero también siempre nos hemos de sorprender logrando cosas imposibles y buscando nuevos retos.
Como un gran camarada me decía: Rome wasn’t built in a day.


PS. Reitero, repito y reafirmo: ¡Puto el que me atropelle!. 

sábado, 22 de marzo de 2014

Se los paso al costo.

Una vez más me han pedido clase de cultura mexicana ¡Menudo conflicto! La última vez que una alumna me pidió hablar sobre el tema, ingenuamente pensé en hablar de la gastronomía y la historia como referencia; no era lo que mis pupilos necesitaban saber. –Inserte emoji de desolación-
Resulta que todas y cada una de las veces que se me pregunta al respecto, además de portar un dejo de frustración, lo hacen tras haber vivido en carne propia “la cultura mexicana”.

“No, no, lo que yo quiero saber es por qué siempre llegan tarde”, “… por qué toman dos horas para la comida, si tienen sólo una”, “… por qué comen después de comer”, “… por qué si hacen dos horas de camino a su trabajo, donde además ganan muy poco, son felices”, “…por qué sus familias quieren decidir todo sobre ustedes”, “… por qué hay tanta corrupción”.

Para ese punto mi cara ya había caído tres metros de vergüenza. Mis alumnos no entienden cosas tan básicas como por qué los mexicanos no quieren pagar sus impuestos ¡Santísimo! Acabo de escribir cosas básicas, como si se tratara de algo totalmente normal para mí –y sí, pues-. Es interesante conocer la perspectiva de personas que no comparten mi nacionalidad, posarme un poco en sus zapatos y mirarnos desde sus ojos.

Dos de mis alumnas están por casarse, una de ellas con un chico de su nacionalidad y la otra con un chico mexicano –música gótica de fondo-, ayer me reuní con la última, desde que comenzamos me pidió 20 minutos al final de la clase para hacerme algunas preguntas sobre la vida en México –lo sospeché-. La pobre estaba aturdida, “¿Para qué le van a llamar trabajo, si la gente no trabaja?” Me contaba que había tenido una semana muy pesada porque sus colegas no logran jamás entregar sus deberes a tiempo, sus palabras empapadas de frustración me narraban que estos sujetos pasaban todo el día en facebook y que le era agotador tenerles que decir expresa y puntualmente cómo debían hacer sus actividades todo el tiempo. “Están flojos” me dijo, después de hacer la corrección, traté de explicarle un poco cómo funcionaban nuestros chips –me hubiera encantado echarle la culpa al infeliz programador que diseño nuestro/su software-. Pasamos al plano familiar, la Neoyorkina no comprendía por qué los padres de su novio –de 34 años- debían escoger las bebidas que se darían en su boda y encima opinar sobre los invitados “Ellos creen que es su fiesta, pero es mía” de nuevo tuve que explicar. Puedo mirar un contraste diferente cuando mi otra pupila me cuenta sobre los preparativos de su boda, pero, como ella siempre me dice con un gesto de vergüenza –por no ofenderme- “Es cultural”.

Tengo otro alumno alemán, que ya no sé si me da risa o ganas de llorar, él dice que le gusta México porque acá puede pasarse los altos y manejar a exceso de velocidad y no pasa nada. Aunque también se queja mucho de la flojera de sus empleados –en realidad a todos mis alumnos les impacta que seamos tan perezosos- Otro chico, de nacionalidad Suiza, es quien me comentaba su curiosidad por la gula del mexicano “Comen después de comer” dijo, le parecía risible que todo el tiempo tengamos hambre y dolor de estómago simultáneamente. Compara con Suiza, describe una mejor calidad de vida pero la infelicidad de sus paisanos, por eso le gustan los mexicanos.

En general, todos se quejan del tráfico: italianos, londinenses, franceses, neoyorkinos, alemanes, suizos; dicen que es la ciudad con más tráfico que hayan visitado en todo el mundo. A la mayoría al llegar, el banco o la compañía de telefonía móvil les adjudicaron algún producto sin su conocimiento al notar que no comprendían bien el español.

A veces no sé qué decirles, tengo muy normalizado lo que ellos encuentran absurdo o frustrante. La lección más grande me la dio una chica francesa: le comenté que podía recuperar el I.V.A. que pagaba en sus productos por ser extranjera, me dijo que no, que era la única forma que tenía de cooperar con algo. Ella viaja mucho, compra cuanto producto nacional se atraviesa en su camino, dice que la hace feliz saber que está generando trabajo para los mexicanos. Incluso, prefiere rentar en un barrio caro, para dejar opciones más económicas a los mexicanos que no tienen las mismas posibilidades.



En algo tienen razón los malinchistas: los extranjeros son más bonitos… más bonitos de sus buenas intenciones, a veces. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Oye Mon, te extraño.

Siempre tuve problemas para identificar las cosas, me cuesta trabajo procesar que la luz  es roja y puedo cruzar la calle, a veces no entiendo los íconos de primer instancia y debo asegurarme más de una vez antes de bajar en una estación o tomar un camión. No soy muy buena para mirar letreros en la calle, no entiendo, hay una laguna enorme entre mi sentido de la vista y mi pasguato cerebro.

Me pasa con todo, sé qué quiero: volver a ser la de antes, andar en bici hasta el fin del mundo, llegar a dar clase con los tobillos llenos de tierra, tirarme en el pasto a dormir, tener una charla con los homeless. Pero es justo como cuando estoy parada al borde de la banqueta y mi cerebro no puede tomar la decisión de cruzar la calle aunque la luz es verde y es seguro caminar.

Ojalá las cosas pudieran ser diferentes. Ojalá

Estas cosas de la cárcel.

Me siento como cuando terminas con ese chico que era un patán, te trataba con la punta del pie y no te quería ni tantito: sólo eras transitoria en su vida; pero no puedes dejar de pensarle y extrañarle aunque sabes que es un infeliz y que no te merece. Es extraño pero una parte de ti sigue pensando que puede cambiar y que tal vez puedan ser felices. Cada que pasas por los lugares que frecuentaban sientes un escalofrío del pie al alma y a veces hasta  te animas a pasar cerca para ver si de casualidad lo encuentras aunque no sepas bien ni qué le dirías; de hecho, hasta las lágrimas se me escapan. Y pues no, no es nostalgia por ninguna persona, es sólo que a veces echo de menos mi antiguo trabajo, aunque siempre fue un patán conmigo y no me quería ni la mitad de lo que yo a él, sigo creyendo que pudimos hacer grandes cosas juntos…

Fueron pocos los meses en CDI, apenas cuatro, sustanciosos eso sí. Tuve el gusto de conocer  gente hermosa, desesperada, harta, cansada, engañada. Mi transitorio paso por el Departamento Jurídico, me dejó desilusionada y bastamente decepcionada –más que cualquier caballero nunca-.
El primer día, me presenté entusiasmada, en la entrevista me habían dicho que iría a reclusorios y ayudaría jurídicamente para que indígenas presos consiguieran su libertad, no podía sentirme más motivada. Tras la primer semana, me sentí en uno de esos memes que muestran el contraste entre la expectativa y la realidad, no había conocido a mi jefe “estaba visitando reclusorios”,  nos enviaba indicaciones por mensaje o llamadas, mi compañera y yo, sin tener mayor idea del funcionamiento del departamento, recibíamos a la gente que iba a pedir apoyo jurídico y pedíamos instrucciones por teléfono.  ¡Mentira! No íbamos a ayudar a ningún indígena jurídicamente, sólo íbamos a ver cuántos podíamos sacar con el escueto recurso que nos enviaran de “oficinas centrales”. Tampoco ayudábamos en otras materias, no hacíamos nada: nada de nada.
El día de la primer visita a reclusorio llegó y de nuevo –como buena fémina crédula- llegué contentísima al Reclusorio Preventivo Varonil Oriente, mi jefe seguía muy ocupado equilibrando el cosmos y otra vez nos mandaba solas: ¡Sí, a las dos chamacas babosas con nula idea de lo que era visitar un reclusorio! Entramos y todo parecía muy cordial, los custodios nos saludaban como si fuéramos hijas del mismo Zeus. Cruzamos el pasillo principal para llegar a las oficinas del área de Grupos Vulnerables,  creo que nunca me habían elogiado tanto, los internos manejan todo: incluso la seguridad, los custodios están muy cansados cobrando por la lista o comprando películas piratas.  Comenzamos pronto las entrevistas; verdaderas historias de horror: violación a garantías individuales, corrupción, abusos dentro de prisión, golpes, cobros absurdos, etc. Sentí que ir a la universidad había sido una verdadera perderera de tiempo, lo que los abogados –penalistas- debíamos aprender estaba ahí frente a mí: sin saber hablar español, sin ropa, sin poder avisar a sus familias que fueron detenidos justa o injustamente. Ese mismo día regresé a la oficina a armar un presupuesto, acomodé las fianzas que se podían pagar y enlisté aquellos casos que podían salir con un amparo u otro artilugio legal.  Lo presenté de inmediato a la Delegada –recordemos que mi jefe peleaba en una nube por la justicia- quien sin leerlo me dijo “Bien, pregunta a Alejandro (el administrador) qué procede con el recurso”. Subí casi volando los dos pisos e hice la entrega. La respuesta fue desolada, recuerdo haber quebrado la voz, el administrador me decía –sin tener una pizca de conocimiento legal- que él no iba a sacar asesinos, violadores y mucho menos pensaba pagar fianzas de más de 20 mil pesos, me pidió que juntara un presupuesto de 200 mil pesos, inventando casos si era necesario ¡Inmunda barbaridad! Ahora sí estaba más jodida que la primer semana.
Las siguientes visitas al reclusorio me hicieron conocer otros casos aberrantes y alguno que otro verdaderamente risible. La lista de candidatos que encuadraban en el proyecto aumentaba y el dichoso recurso aún no se hacía llegar, presioné, incluso conté los casos que había conocido pero ni la Delegada ni el administrador se azoraban, ya era una realidad cotidiana por la que no pensaban luchar ni un poco.
Dentro de la delegación existían otros proyectos que apoyaban a las comunidades indígenas, el famoso POPMI que apoyaba a mujeres indígenas, entre otros. Recién pasaba un mes de mi estadía y ya me había enterado por varias fuentes que los proyectos apoyados eran inventos hechizos de parientes de la Delegada, tal vez a eso se debía que jamás existió el recurso para liberar indígenas, vaya, ni siquiera el correspondiente a los sueldos de mis compañeros –yo ni siquiera cobraba-.
Conocíamos ya los nombres de algunas personas que iban con frecuencia buscando al abogado, señores que pedían nuestra ayuda para liberar a sus hijos/esposos/hermanos, ofrecían pagar el transporte para que acudiéramos al reclusorio a hacer la investigación protocolaria y así poderles dar tristes 3 mil pesos para sus fianzas, eso valía su tranquilidad, eso necesitaban para dejar de dormir en lugares horrendos y caminar distancias absurdas para ir todos los días a buscar al pinche abogado.
Estábamos hartas, teníamos que mentir todo el tiempo,  ni la Delegada ni el Jefe de Departamento Jurídico tenían la decencia de recibir a esta gente. Un día llegó un oficio de un Juez, donde pedía atento apoyo para liberar a dos indígenas en el R.P.V.O., revisé en mis listas, Aldair y Getzemani ni siquiera eran indígenas, ya los había descartado por completo porque encima de mentir, sus fianzas eran muy altas. El abogado se dignó a revisar el expediente, pidió el recurso y en menos de una semana estaban libres ¡Tremendo disparate! Odié no ser juez.
Quise meterme en camisa de once varas y me enrolé en la visita familiar con ayuda de un amigo que hice ahí dentro, traté de usar información para que mis colegas pudieran tomar algún caso pro bono y así poder ayudar. Conocí lo que era dejar de entrar en tacones y con el gafete de “Gobierno”, ahora estaba del otro lado y tenía que pagar $5.00 si mi ropa no era del gusto de las custodias, si un día decidían que la fotografía de mi identificación lucía más cachetona que yo. Vi bastantes mujeres aguantarse la rabia de que la supuesta autoridad manoseara su comida o la tirara por no ser la permitida, vi señoras de 70 años quedarse afuera llorando por no tener los benditos $5.00 para que la custodia perdonara sus pantaloncillos blancos,  mientras del otro lado a cambio de un billete desfilaban bebidas alcohólicas, ropa de color prohibido y hasta pantallas de plasma. Vi mujeres en zancos con ropa provocativa entrar sin siquiera estar enrolada. Ese lugar apesta a porquería.
Me descubrieron.
Renuncié después de tres meses y los internos que conocí seguían sin su libertad, recordaba sus caras de esperanza y otras tantas de hartazgo, recordaba sus manos partidas y destrozadas por la fajina (limpieza de vajilla y baños todos los días) que se veían obligados a desempeñar para poder sacar lo de su lista (Los custodios cobran $5.00 por poner su asistencia, ajá, tienen que pagar por su derecho) recordé su desesperación, puse una queja ante el órgano Interno de Control, queja que yace aún sin respuesta (ya pasaron siete meses) y no pasa nada. La gente ahí sigue recibiendo su sueldo, todo sigue igual para ellos, qué diablos va a preocuparles que quién sabe cuántos hombres y mujeres estén pagando con sus derechos los errores cometidos, incluso, errores que jamás cometieron.
Pero como dije al principio, a veces muero por volver con este chico patán que me trató tan mal, sigo pensando que puede cambiar, que lo puedo cambiar. No sé, tal vez y sólo tal vez sea posible.