Hablaba hace tiempo un camarada sobre esa necesidad
humana de normalizar la patología, característica antiquísima que parece
aferrarse cada vez más: cual pandemia social.
Los humanitos somos bien curiosos: creemos que las
personas –indistintamente familia/pareja(s)/amigos- nos pertenecen, cual si al
inicio de tal relación personal se hubiera dado la positiva ficta a un contrato
imaginario, que aunque no se habla, ambas partes quedan obligadas perpetuamente
a efectuar.
Lo he percibido en varios aspectos de mi vida: papá asume
que para salir de vacaciones debemos ir todos juntos o la vida no tiene
sentido, mis amigos dan por sentado que al ser su cumpleaños tengo la
obligación inalienable de presentarme en lugares horrendos –llenos de gente borracha
y exhibicionista- para demostrarles que los quiero; las parejas dan por hecho
que hay que hacer planes juntos, salir a todas las reuniones, visitar a los
familiares del otro y en pocas palabras convertirse en una extensión del ser
amado ¡Horrendo! Como si se tratara de otro brazo o pierna: sin determinación
propia ni acceso a la amputación. Eso: dar por hecho que las cosas deben ser de
una forma: porque una vez sucedió así, con alguna otra persona funcionó y poco
a poco nos vamos perdiendo a nosotros mismos.
No paro de ver imágenes en la red que describen enanos de
Moria “Chaparrita, celosa, enojona y berrinchuda…” ¡Qué manera de amolarnos a
las chaparritas! ¿Qué relación guarda la baja estatura con ser una histérica? “Espérenme
tantito, le tengo que marcar a mi vieja” Claro, porque si no le marca se desata
la Tercera Guerra Mundial y los caballos del Apocalipsis correrán desbocados
directamente hacia sus testículos. No voy a mentir, en algún punto fui un Gimli
-hijo de Glóin- más, dando por hecho
que ese pobre e indefenso hombre a mi lado me pertenecía, nadie me lo dijo: yo
lo asumí; consideraba que si me amaba tenía que soplarse a mis tías histéricas
e ir a las reuniones de mis amigos, me dio la gana pensar que le tenían que
interesar las mismas cosas aburridas que a mí: jugar cosas ñoñas, ver series
ñoñas y convivir con mis ñoños amigos. Pero no sólo eso, aunque él tampoco me
lo pidió, yo me inventé que tenía que ser recíproca y acompañarlo con sus
amigos –voy a omitir la descripción porque en el fondo me caen bien- ir a todos
lados con él y básicamente: atosigarlo.
Un buen día desperté y me di cuenta que estaba harta –como
la mujer adulta que soy- le eché la culpa totalmente: ¡Me abrumas! Triste fue darme
cuenta que la que se abrumó sola fui yo, él sólo apretaba los dientes
adivinando porqué sería mi nuevo drama. Me avergoncé, es devastador darte
cuenta que llevabas no sé cuánto tiempo viviendo la vida de otra persona y peor
aún: contra su voluntad, como dijo Juan Carlos «Normalizando la patología».
En general –analícenlo, no se hagan tíos Lolos- vamos por
la vida –o sea no todos, pero sí bastantes de nosotros- tomando decisiones por
otras personas, diciéndole al ser amado cómo debe de hacer las cosas, siendo
esto, un reverendo reflejo de nuestros miedos e inseguridades: Si Pepito toma
una mala decisión y arruina su vida, va a lastimarme y yo para nada quiero ser
lastimado. Tenemos terror de que el otro no llene nuestras expectativas, las
que por cierto, tendríamos que llenar nosotros mismos. Lo anterior aplica para
todos: amigos, padres y parejas.
No queremos darnos cuenta que decidir sobre el otro es
atentar contra su libertad, es faltarle al respeto: considerarlo imbécil e
incapaz de tomar buenas decisiones, como si sólo de nuestra cabeza pudieran
emerger ideas y planes brillantes.
He aprendido mucho últimamente, a dejar de lado el
control: la necesidad imperiosa de que alguien acaricie mi ego –palabras,
mensajes, llamadas- Tal vez para ustedes todavía no sea demasiado tarde, no
estiren tanto la liga del amor –ni la de la justicia- no dejen encendida todo
el día la vela –se les va a quemar el cuarto como a Tula– o va a consumirse
rápidamente; ya lo dijo George Clooney “Sip, not gulp. Remember, wine, not beer”.
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